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SEMÁFORO AMARILLO 

CON UN PIE EN LA CÁRCEL


21 de agosto de 2020

Tiempo de lectura: 5 minutos.


¿Qué puede haber imprevisto para el que nada ha previsto? Paul Valéry.

Hace algún tiempo me llamó una señora para que le vendiera su casa y un terreno colindante a la misma, en la colonia Nápoles de la hoy Cedemequis, zona muy conocida por el World Trade Center, pero sobre todo por el Poliforum Cultural Siqueiros. Indudablemente un área más que codiciable para cualquier desarrollador.

Como es mi costumbre, y debiera de ser de todos mis colegas, pedí ambos expedientes, y me puse a estudiarlos. El de la casa se veía sin problema alguno, pero el terreno tenía una particularidad. Era una prescripción positiva.

Si usted no está versado en las últimas dos palabras domingueras que acabo de mencionarle, no es otra cosa más que reclamar un inmueble por la vía judicial, y solicitarle al juez que le otorgue la propiedad, si usted demuestra que lleva ocupando el inmueble al menos cinco años de manera pacífica, continua y de buena fe, o diez años, con los mismos elementos, pero de mala fe. Como sea, si no aparece el dueño original, un juez podría dictar sentencia, para que ésta se le convierta en su título de propiedad. Así de fácil como lo leyó.

La duda me asaltó, y no pude dejar de preguntarle a la propietaria la extraña razón de la susodicha prescripción urbana, pues si se tratara de una zona rural, sería más creíble. Lea usted la explicación:

"Este terreno lo consiguió mi padrino en vida, y lo puso a mi nombre”. Fue todo.

Entonces mandé -como siempre- a pedir copia del folio real al Registro Público de la Propiedad, y todo estaba en "orden”. El número de escritura, el número de expediente del juicio, y la clave catastral, así como el número de cuenta predial, coincidían a la perfección. Después de esto, le puse el rótulo al terreno, pero extrañamente la dueña me pidió retirarlo.

No obstante, logré conseguir al desarrollador, a quien con una mínima negociación convencí de comprar la casa y el terreno. Firmamos el contrato privado de promesa, la dueña recibió un primer cheque, y mandé todo a la notaría. El notario que me atendió en esa ocasión, el 110 del DF, Javier Ceballos, hizo muy bien su chamba. A los diez días me llama su abogada, y me dice: "Sr. Márquez, le tengo dos noticias”.

Querido lector, usted sabe que cuando le dicen esto, rara vez las dos noticias serán buenas, así que si me hubieran puesto un termómetro en ese momento, a los dos segundos lo hubieran sacado en un nivel de cero grados centígrados. La abogada me dijo textualmente: "Ya checamos en juzgados, y ni el juzgado existe, menos el número de expediente, y las inscripciones en el registro y la tesorería son producto de la labor que realizó ese notario, logrando engañar a ambas instituciones. Además, la sucesión propietaria de ese terreno acaba de realizar una anotación preventiva en registro, producto de su demanda de reivindicación. Le sugiero que ponga sobre aviso a la dueña, porque además de la demanda civil, hay un proceso penal en su contra por despojo”.

El rótulo que yo había puesto durante 2 o 3 días, fue suficiente para alertar a los verdaderos dueños.

Con el cubetazo encima, regresé con la dueña y le advertí que preparara un cheque para el comprador, incluyendo doce días de intereses, y que ni se le ocurriera negarse a firmar la rescisión de los contratos con el comprador, porque a su problema ahora se añadiría otro "por venta de cosa ajena”. Me costó algo de trabajo explicarle esta historia al desarrollador, quien afortunadamente lo entendió a la perfección. Se firmaron las rescisiones, se le devolvió el dinero y asunto terminado.

En estos casos hay que tener los reflejos bien afinados para evitar ser acusado como eventual cómplice.

No podía dejar de localizar al infame notario, quien había sido expulsado por el colegio de notarios del DF, y despachaba en Los Reyes, Estado de México, en donde él generó esa escritura firmada por su puño y letra. Si usted me llama, le doy el nombre completo, pero no puedo publicarlo por riesgo de difamación. Como sea, le comparto su respuesta cuando le exigí una explicación: "Los notarios no tenemos obligación de verificar la autenticidad de los documentos que nos proporcionan”. A palabras necias, oídos sordos. Le colgué.

El asunto no se había terminado. La dueña me facilitó una copia del expediente del juicio, el cual me había ocultado cuando me contrató. Quiso disculparse de todas las formas posibles, alegando con argumentos indefendibles. Me pidió que por favor vendiera la casa, a lo cual no me negué razonando que al menos debía cobrar por mi tiempo. Tuve suerte, y la vendí en los siguientes días. Al cobrar, la dueña adquirió un departamento en la misma colonia, pero en ese momento ya se había girado una orden de aprehensión en su contra. Me pagó mi comisión, y lo más que supe del caso, es que la habían obligado a pagar rentas actualizadas por casi veinte años, por haber ocupado ilegalmente un terreno con un título de propiedad perfectamente inscrito de un dueño, que evidentemente no era ella. Lo que sucedió es que el "padrino” (léase entre líneas) de la dueña, con el auxilio de un notario criminal, quiso arrebatarle el terreno al dueño legítimo que en vida le había "prestado” el terreno para meter unos columpios para su ahijada. Lo bueno es que yo tenía a un super notario de mi ciega confianza, como otros dos más que en su oportunidad les daré su justo crédito.

La mencionada propietaria terminó esta historia de terror pagando una renta inverosímil de un terreno que creía suyo, mi comisión de la venta de la casa, a su abogado, y todo, con un pie en la cárcel.

En la próxima entrega:

"La Casa del Jabonero".

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CLAUDIO MÁRQUEZ PASSY





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