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AQUEL DOS DE JULIO...

Entrevista con Madero, Zapata, Cárdenas y Colosio.

1° de julio de 2018








― ¿Dónde estoy? ¿Que pasó?

― Bienvenido, don Claudio, lo observamos dormitando y no queríamos molestarlo. Estamos en esta mesa redonda que usted bien conoce…

― ¿La misma que…?

― La misma donde alguna vez usted me invitó, junto con don Porfirio, y algunos colegas de otros tiempos…

― Pero, don Francisco… ¿cómo llegué aquí?

― Supongo que estaría "jugando” con su máquina del tiempo…

― ¡Ya comienzo a recordar! En efecto, eran pasadas las once de la noche del primero de julio, y yo estaba parpadeando mucho… pero ¿qué fecha es ahora? ¡discúlpenme, no los saludé! gusto en verlos nuevamente, don Emiliano, don Lázaro, y… ¡caray! Que agradable sorpresa ¡don Luis Donaldo! Pero, por favor, sigan sentados…

― Y dígame: ¿por qué nos convocó, don Claudio? me preguntó Madero, sin decirme la fecha... 

― ¡Ya recuerdo! Estaban dando el resultado de la elección presidencial de mi época… el año 2018, y esperando que dijeran quien era el ganador; yo estaba algo nervioso dándole vueltas a mi manivela, pensando en ustedes precisamente…

― Ya pasaron dos años en su tiempo, don Claudio, desde que nos reunimos por última vez. Comentó Cárdenas, serenamente.

― Eso parece, don Lázaro, y no cabe duda de que estas máquinas se han auto-renovado, pues ahora funcionan muy rápido, solo con imaginar la fecha o el personaje, y teniendo la manivela en la mano…

― Pero ¿que lo inquieta, para que nos haya convocado precisamente a nosotros, don Claudio? me inquirió Zapata.

― Pues que veo algunas similitudes de su época, con la mía…

Inmediatamente intervino Colosio, en franco estado de nerviosismo…

― ¡No me diga que va a estallar otra revolución!

― No don Luis, bueno… no lo creo, porque yo me quedé en el primero de julio, y no sé que pueda estar pasando el día siguiente.

― Pues todavía no le ha sucedido, si no, ya nos estaría platicando la historia ¿No cree? Contestó con cierta ironía, Madero.

― Es cierto, tiene usted la razón, don Francisco. Sin embargo, ya que han aceptado amablemente ―o quizás forzadamente mi invitación― quisiera aprovechar para ahondar algunos momentos, de sus grandes y complejas decisiones.

― Usted dirá, don Claudio. Sin más pensarlo, contestó Madero, como invitándome a que le preguntara primero a él.

― Gracias, don Francisco, y aunque la pregunta es general y va para todos, quisiera que me dijera ¿qué significa para usted la palabra "revolución”?

― Muy simple, don Claudio, para mí no puede significar otra cosa que no sea: democracia y no-reelección.

― Cobro de agravios. Contestó Luis Donaldo, como sabiendo que fuera su turno.

― Oportunidad para el pobre. Agregó don Lázaro, sin dudarlo.

― Respeto a la propiedad. Afirmó Zapata, con el puño sobre la mesa, y a la vez me preguntó:

― ¿A poco siguen con los mismos problemas en su época, don Claudio?

― ¿Que le puedo decir, don Emiliano? La realidad es que algo se ha avanzado, pero el fondo de los cuatro problemas, es decir: democracia, agravios, oportunidades, y propiedad privada, pareciera que no se ha avanzado nada.

― ¡No es posible! 58 años y… ¿siguen igual? Me reclamó casi burlonamente Cárdenas, con su inalterable rostro.

― En efecto, pero, antes de que yo les intente platicar de mi época, con el consecuente riesgo de que esta reunión se desintegre por faltar a las reglas de estas máquinas del tiempo, prefiero abusar de la confianza que me dispensan, pidiéndoles algún consejo o sugerencia…

― Usted dirá. Contestó Colosio.

― Aprovecho, don Luis, para recordar unas palabras que usted dijo en un discurso: "Yo veo un México […] de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían servirla”. Y esto, don Luis, creo que fueron las palabras fulminantes que le costaron la vida. Dígame… ¿Qué pasaba en su mente, cuando usted diseñó este inmortal discurso, que le abrevió su vida, la cual se antojaba muy brillante?

― Creo que era un momento que la gente creía en mí, y yo vi la oportunidad histórica de erradicar los grandes vicios como el influyentismo, y la manipulación de la ley. No cabe duda, que a más de uno no le pareció mi idea; la fuente ovejuna de la oligarquía en el poder, me prefirió ver en estatuas y con calles con mi nombre a lo largo del país.

― ¿Me permite, don Claudio? interrumpió Cárdenas.

― Faltaba menos, don Lázaro, me interesa muchísimo su opinión. Gracias don Luis, tiene usted buen humor...

― Como es bien sabido, señores ―nos volteó a ver a todos, fijándonos severamente la mirada a cada uno― yo perfeccioné la presidencia imperial, para conservar el poder, pues si bien, ya vivíamos en un régimen demócrata, la realidad es que no podíamos darnos el lujo de que llegara cualquier hijo de vecino, y arrebatara el trabajo que usted había iniciado, don Francisco, aunque estoy seguro de que nunca imaginó la forma que tomaría toda su obra. Yo me arreglé con sindicatos, me gané al pueblo dos veces: una con la reforma agraria, y otra con la expropiación petrolera, y como ya se enterará, o si ya se echó un "brinquito” a mi época, creo que fue en mi administración, donde también acabé de diseñar a detalle, la oligarquía del partido gobernante.

― No entiendo que se refiere, don Lázaro. ―Replicó "El apóstol de la democracia”.

― Muy simple, don Francisco. A usted sólo le interesaba que nadie se perpetuara en el poder, pues su obsesión siempre fue, que su antecesor: el general Díaz, dejara la silla, llamara a votaciones, para que alguien diferente a él, y que además no estuviera bajo su control, pudiera asumir la presidencia en un acto de democracia doctrinal. En resumen, su frase preferida era "Sufragio efectivo, no reelección”, y creo que desde el día que usted partió del mundo real, todos, ―disciplinadamente― hemos respetado sin excepción su enseñanza. Claro está, que los dedazos, las sucesiones planeadas, las imposiciones, etcétera, han sido parte de esta presidencia imperial.

― A ver, don Lázaro, hay algo que no entendí: ¿por qué dice "democracia doctrinal”?

― Le contesto con profundo respeto, pero sin rodeos y con una pregunta: ¿De verdad cree en la democracia pura?

― Por supuesto, don Lázaro, y prueba de ello, es como asumí la presidencia.

― Y con el mismo respeto ―interrumpió Zapata― fue que nunca la pudo terminar. Huerta se encargó hábilmente de ello, y confieso que, al sentirme traicionado por usted, yo le traía ganas, aunque preferí por la vía institucional, pero dentro de una revolución en curso, proclamar mi plan de Ayala.

― Bueno… bueno… traidores siempre los habrá, y como que mi hermano Gustavo siempre lo supo, me advirtió sobre Huerta, y yo no quise creerle.

― Pues ya vio el resultado, don Francisco. ―Retomó Cárdenas―. Yo lo estudié a usted detenidamente, y concluyo que fue, es, bueno… como sea… es usted una excelente persona, de primera, pero alejado de la realidad, y muy cándido. Usted confió en un incondicional de don Porfirio, es decir, Huerta, y prueba de ello es que el general Díaz fue escoltado por él, desde la ciudad de México, hasta la puerta del Ypiranga, sano y salvo, con todo y que hubo un intento de que no llegara. ¿Eso que le dice, don Francisco?

― No entiendo a que se refiere, don Lázaro, pues si el general Díaz llegó a Veracruz, fue por sugerencia mía al presidente León de la Barra.

― No, don Francisco, no… ¿ve como sigue usted creyendo en la bondad de la gente? Siempre le faltó malicia. Huerta estaba junto a usted, haciéndole creer que le sería incondicional, pero él quería mantener la obra de Díaz en su persona, y sin duda le seguía siendo incondicional al general, aún después de su renuncia.

― Usted y yo llevábamos derroteros diferentes, don Francisco. ―Aclaró Zapata―. Mientras usted pensaba que ya había logrado acabar con la reelección, Orozco y Villa en el norte ya planeaban como llevar agua a su molino. Si bien, ambos no eran anti-maderistas, sí eran neo-maderistas, es decir se habían subido disfrazados a su causa, y yo, en virtud de su traición, olvido, desinterés, interés en otros, o lo que haya sido, tuve que proclamar mi plan de Ayala y desconocerlo como presidente. Como ve, se quedó usted solo, creía que tenía a mucha gente con su causa, pero la naturaleza humana es canija; creo que no hubo nadie que le interesara el tema de la no-reelección.

― Así es. ―irrumpió Colosio―. La mayoría de la gente que había vivido agraviada y segregada en el régimen de don Porfirio, no era sino una consecuencia de la mano dura que él requería para mantener la paz y el progreso, la realidad es que las grandes masas, ―sin darse cuenta―, quedaron en manos de intereses particulares como Orozco, Villa, y muchos más, que no tenían nada que ver con "su revolución”, don Francisco, sino más bien con la fantástica oportunidad para que cada cacique ampliara sus círculos de poder, siempre con la marca: "revolución de Madero”, la cual era de enorme utilidad para cada uno de sus oscuros propósitos. Los agravios históricos de la oligarquía de este país, siempre en el poder, fueron haciendo crecer los sentimientos de reivindicación, a la sombra del primero que se los propusiera, y como ya imaginará, don Francisco, no era usted, sino yo, queriendo recuperar las tierras arrebatadas por los Escandón; Orozco por su lado para ampliar su poder en Chihuahua, y Villa para pasar de bandido de reses, a general de "la revolución”.

― Oigan… ¡no tenía idea que la iban a agarrar contra mí! ―reclamó Madero con cierto nudo en la garganta― ¿Y usted sabía algo de esto, don Claudio?

― No, don Francisco, pero creo que la plática nos ha llevado a esto, irremediablemente, en virtud de que usted, don Luis, puso en esta mesa el tema de una posible nueva revolución.

― Pero, dígame una cosa, don Claudio, ¿de que nivel es su inquietud, que tuvo que llegar con nosotros de forma tan inesperada? ¿Hay, o no hay una revolución?

― Le confieso, don Francisco, que nunca había observado ―desde que tengo edad de la razón― un nivel tan alto de agravio en la sociedad, como si sus palabras, don Luis, estuvieran haciendo mella 24 años después. Si bien, no hay lo que ustedes, don Francisco, don Emiliano, conocieron estrictamente como revolución armada, lo palpable es que la sociedad en mi época, ya no aguanta los excesos de la oligarquía en el poder, y está potencialmente dispuesta a muchas cosas, pues la corrupción ha generado altos niveles de inseguridad, la cual ha llevado a mucha marginación y pobreza; algunos de ellos, una minoría, son anarquistas disfrazados, digamos que en sus términos serían: Orozquistas, Villistas, etc. ―y conste que no digo Zapatistas, pues sigo reconociéndole, don Emiliano, la congruencia y autenticidad de su causa―, pero la mayoría marginada, agraviada, y sin oportunidades reales de ser alguien y desarrollarse, supongo que tienen el sagrado derecho de creer en quien quieran, y el resto de la sociedad a entenderlos, y ayudarlos, para evitar una posible confrontación que nadie desea. Viceversa, todos ellos deben entender que la democracia doctrinal, a la cual se refería usted, don Lázaro, podría ser por vez primera, ―sea el resultado que sea―, una sorpresa para todo el país, y descubrir que sí puede existir dicha democracia real y tan necesaria para la convivencia cordial. Mi conclusión es que, si bien, uno de estos candidatos lidera ya una revolución ―hasta hoy pacífica― con todas estas masas, unas agraviadas genuinamente, y otras convenencieramente esperando dar un golpe para distorsionar la causa real, creo que al menos ha aceptado de buena gana, participar en una democracia, la cual, si se juega limpio, y todas las partes acatan los resultados de un árbitro ―el cual deberá ser impecable en su laudo―, será que entonces, sus ideales, don Francisco, puedan verse realizados, y no se queden en una simple "No reelección”.

Don Francisco, había estado muy atento y pensativo, pero finalmente me interrumpió para preguntar:

― Pero… dígame, don Claudio, y yo ¿en qué más puedo aconsejarle o ayudarlo? ¿A qué árbitro se refiere?

― En primer lugar, don Francisco, sería importante que cuando escriba el reporte completo de esta reunión para la gente que me lee en mi época― sepa que su revolución nunca persiguió la reivindicación de agravios, ni la restitución de tierras, como tanto le insistió don Emiliano, ni la instauración real y definitiva de una democracia, y mucho menos alcanzar una oportunidad para los pobres como lo hizo don Lázaro, quien repartió una cantidad inimaginable de tierra. Usted era un hacendado, de familia muy rica, y sin lugar a duda, con una preparación académica impresionante; pero no estaba totalmente sensibilizado a resolverle al pueblo lo que le mencioné, pues más que nada, usted ansiaba tener a don Porfirio fuera de la silla presidencial, y creo que ya lo visualizaba desterrado.

― No se lo voy a negar, don Claudio, pero falta que me explique eso del árbitro…

― Cierto, me faltaba… en mi época, don Francisco, hay una institución autónoma del gobierno, que organiza, califica y da el veredicto de los ganadores en las elecciones presidencial, de gobernadores, presidentes municipales, diputados y senadores.

― ¿Y les funciona a los ciudadanos? ¿No hay mano negra?

― Creo que funciona, pero como todo, y hablando de mano, no puedo meter la mía al fuego por dicha institución. Me gusta creer que si opera correctamente. ¡Ah! Una cosa más, don Francisco.

― ¿De qué se trata, don Claudio?

― Ese líder, hoy candidato presidencial, lo tiene a usted como uno de sus tres personajes favoritos.

― Pues vaya… ¡que honor!

― Y a usted también, don Lázaro…

― Que bien, pero no me impresiona… y déjeme decirles algo a ambos: a usted don Francisco, que nuevamente se deja seducir fácilmente, y a usted don Claudio, si puede, dígale a ese candidato que sería preferible que no se coloque bajo la sombra de nadie de nosotros, por dos razones: ni él podrá ser como nosotros, ni nosotros creo que podamos parecernos a él en nada. Cada uno en su lugar en la historia. Y por cierto… supongo que hay más candidatos en su elección. ¿quienes son?

― En efecto, don Lázaro, en el otro partido fundado en el penúltimo año de su mandato…

― ¿En el de Gómez Morín?

― Así es, hay un joven de 39 años compitiendo, y… bueno, espero que por estarle revelando cosas del futuro, no nos vayamos a desaparecer, pero evitaré darle nombres y detalles precisos. Solamente le digo que este muchacho ha reestructurado el ala conservadora del país, y se ha asociado con la corriente socialista.

― ¡Interesante! así debe ser la política. Usted bien sabe, que yo representé el socialismo más puro de mi país, y logré calmar los ánimos de las grandes masas, poniendo tierras que habían perdido, debajo de sus pies.

― A costa de la economía, y además...

― Bueno, bueno... eso ya lo platicamos la vez pasada, y si gusta lo dejamos para otra ocasión.

― Tiene usted razón, don Lázaro, le ruego una disculpa...

Colosio estaba muy inquieto y no dudo en intervenir.

― ¿Y mi partido?

― Sobrevive, pero el "influyentismo" al que usted se refería, ha llegado a niveles inverosímiles de corrupción, donde muchos gobernadores ya están en la cárcel, o en proceso judicial. Su candidato actual, se ve preparado y capaz, pero indudablemente la tiene muy difícil, pues el no militaba dentro del partido y... 

― ¿Hay algo que no me quiere decir, no es así? en fin... ¿Algún otro partido?

― Otros partidos pequeños, pero por vez primera, hay un candidato independiente sin afiliación alguna, pero curiosamente con la propuesta más completa y estructurada.

― Extraño… ya nos platicará de el en otra ocasión.

Zapata intervino…

― Pues espero que todo salga bien en su época, don Claudio. Usted bien sabe todas las peripecias que pasamos nosotros, para que ustedes, en su época, vivan más tranquilos.

― Me queda clarísimo, don Emiliano. Su labor sigue viva y presente en todos nosotros, aunque hay una enorme cantidad de "Orozquistas y Villistas" contaminando la labor del primer candidato que mencioné, dedicados a la invasión de propiedad urbana desde hace muchos años.

― Pues ni lo diga, don Claudio, si me lo pide me jalo pa´ su época, para organizar con usted la reivindicación de esas tierras. Usted sabe que no soporto el despojo.

― Me encanta su propuesta, don Emiliano, ¡vaya sacudida les daríamos! ¡tenemos que platicarlo!

― Cuando usted diga...

Colosio retomó la palabra, y me dijo en tono algo melancólico:

― Ojalá y nuestro México, ahora su México, don Claudio, logre reparar los agravios, el influyentismo, así como el hambre y sed de justicia, para que nuestro país pase a otro nivel, pues ya lo merece. Yo así lo veía, pero un par de balas me detuvieron.

― Su corta, pero intensa obra, don Luis Donaldo, está en la mente de todos nosotros. No le quepa la menor duda. Nada de lo que ustedes han hecho, señores, ha sido en balde. Yo les agradezco, y creo que el tiempo de esta reunión ha pasado rápido. Sospecho que ya ha de ser el dos de julio en mi época y…

No pude terminar la frase, ni me pude despedir, cuando me vi envuelto en el haz de luz de mi máquina del tiempo. Creo que la escena se desvaneció por el simple hecho de haber pronunciado la fecha…


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CLAUDIO MÁRQUEZ PASSY


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CLAUDIO MÁRQUEZ PASSY

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